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La ley del Talión 

   Averroes dijo: «la ignorancia lleva al miedo, el miedo lleva al odio, el odio lleva a la violencia. He ahí la ecuación.» Es matemático: el país que financie guerras, sufrirá represalias. En el siglo que vivió Averroes, el territorio de la Siria actual fue invadido por los cruzados. Siglos después, integró el Imperio Otomano hasta aparecer por primera vez como país independiente tras la Primera Guerra Mundial, cuando franceses y británicos impusieron las fronteras de Oriente Medio con el acuerdo de Sykes-Picot. Siria es una creación de Occidente, como también lo es el Estado Islámico, ese monstruo que nutre desde el 11 de septiembre de 2001. Pero Frankenstein tiene ahora sus propios planes. El ISIS quiere, además de ajustar cuentas con Occidente, detonar la guerra civil en Francia, empeñada en emular a EEUU en su mesiánica búsqueda de enemigos por el planeta. Poco difieren los intereses de algunas empresas francesas y estadounidenses de los de aquellos cruzados que desembarcaron en Tierra Santa: el control geoestratégico y las materias primas. «Qué poco hemos cambiado», diría Averroes. Además, en esta maraña de intereses, habría que incluir a los demagogos ultraderechistas como Marine Le Pen, quien sabrá aprovecharse de los atentados de París para las próximas elecciones. De las múltiples reacciones al 13N, hubo una muy peculiar: la de los anti-hipocresía. Los justicieros de la falsedad occidental criticaron a aquellos que en las redes sociales publicaron la bandera francesa en lugar de la siria o la libanesa. Los anti-hipocresía son así, postearon la bandera iraquí tras los atentados de Madrid en 2004 y viven escandalizados por todas las barbaries que acontecen en cada rincón del planeta. «Tenemos lo que nos merecemos, si mañana me mata un yihadista lo entenderé», dicen. Es imposible comprender los motivos del terror y justificar la violencia porque la violencia jamás puede ser justificada. Es inútil reivindicar, tras los atentados de París, las víctimas de la guerra siria, supone usarlas como moneda de cambio y ser cómplice de ambos beligerantes. No estamos en una competición. Ninguna vida vale más que otra. Es peligroso entrar en esa dinámica y multiplicar el otro factor en la ecuación de Averroes: la ignorancia. El terrorismo germina en el dogma y se fortalece con los bombardeos, nunca podrá ser vencido con la guerra, sino con el fin de su financiación, el desarme, la negociación y el diálogo. Porque si hablamos de la nacionalidad de los terroristas, ¿por qué no hablar también de la procedencia de sus armas?