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Roaming 1
Internet en la sangre

   Su aparición significa un hito en la historia tan importante como la Revolución Industrial, la Revolución Francesa o la invención de la rueda. No somos los mismos desde que existe Internet. El mundo es ahora más pequeño. Su revolución ha permitido democratizar el acceso a la información, virtualizar las fronteras y posibilitar la comunicación global. Pero este chollo tiene los días contados. YouTube acaba de lanzar su nueva cuenta RED para que los usuarios de pago puedan librarse de la publicidad. Es sencillo: tú pagas y YouTube elimina los spywares y cookies que espían cada uno de tus pasos para conocerte (mejor incluso que tu familia) y diseñarte anuncios a medida. Es sencillo: la mafia te vende su protección contra la amenaza de la mafia. YouTube forma ya parte de nuestras vidas, ha logrado engullir a los manuales de instrucciones, los libros de cocina y la televisión. ¿En qué reunión de amigos no vemos en algún momento un vídeo divertido o interesante que encontramos en la red? YouTube ofrece ahora, por 9 dólares al mes, el control de tu tiempo, tu imagen y tu privacidad. Pero no te engañes. Tu imagen mediática está fuera de tu control. Una vez mediatizada, deja de pertenecerte y tú dejas de ser tú; o al menos no eres la misma persona que aparece en pantalla. Un alter ego comienza a desarrollar por su cuenta una vida propia en Internet mientras tú estás en casa. Las redes sociales suponen el fin de la vida privada, tal y como la concebimos hasta hoy, porque absorbieron al último gran fenómeno televisivo: el reality. Cuando un usuario de Facebook, adicto al protagonismo de una vida modélica, se comporta como un concursante de Gran Hermano, satura sus canales comunicativos y se aísla mediante la sobredosis de datos. Su grado de desinformación aumenta cuando usa las redes sociales como un paliativo para sus frustraciones y un sucedáneo de la prensa, produciendo el efecto contrario a «quien maneja la información, maneja el poder.» La ausencia de filtros hace que el usuario sea más débil cuanta más información le rodee, llegando incluso a la paradoja de que el alter ego tenga una vida más intensa que la suya. El personaje anula entonces a la persona, es decir, el alter ego secuestra al usuario aprovechándose de su amor, del amor a esa imagen idílica de sí mismo, un amor al secuestrador propio del síndrome de Estocolmo. Eres tú quien perteneces a tu imagen.