Sobre las teorías conspirativas 

   Las teorías conspirativas empezaron a interesarme cuando a los ocho años descubrí que los Reyes Magos eran los padres. Aún recuerdo esa sensación de fraude cuando un compañero me dijo a escondidas en el patio trasero del colegio que todo era un montaje. Averiguar que el mundo había conspirado contra mi inocencia para hacerme creer en la supuesta buena intención de tres desconocidos me cambió por completo. Sin embargo, durante los años posteriores, fingí que no lo sabía por miedo a que acabaran los regalos. Pero no tengo remordimientos, simplemente hacía como el resto: simular la Navidad. Pues, ¿qué es la Navidad sino el pacto tácito sobre una leyenda? Aunque, cuidado, no debemos confundir las teorías del complot con las leyendas urbanas. Estas últimas –creencias casi folclóricas– son propagadas por el boca a boca, Internet y dudosos medios de comunicación. Como ejemplos podríamos destacar la leyenda de la niña de la curva, el nacimiento de Walt Disney en Mojácar o la llegada del Corte Inglés a Almería. Pero, para apreciar mejor la diferencia entre ambas, volvamos a la Navidad. Imaginemos que hace dos mil años éramos habitantes de Galilea y que un vecino nos cuenta a escondidas que un muchacho, en la boda de un colega, ha transformado el agua en vino. Ésta sería una leyenda urbana. En cambio, sería una teoría conspiranoica si ese vecino nos contase que Herodes ha mandado asesinar a todos los recién nacidos de Belén porque, según una profecía, entre ellos está su verdugo y sucesor, quien le arrebatará el poder. En el Top Five de teorías conspirativas encontramos el atentado de las Torres Gemelas organizado por la CIA para legitimar moralmente la invasión de Afganistán, la financiación estadounidense del Estado Islámico, la creación del SIDA por los nazis para exterminar a los impuros, la redacción de ‘Los protocolos de los sabios de Sión’ por la Rusia zarista para fomentar el antisemitismo y la mediatización del Ébola para que la industria farmacéutica hiciera su agosto. Pero, ¿por qué tienen éxito estas teorías a veces tan rocambolescas? Porque hay algo en nosotros que prefiere creer en un lado oscuro, en una mano que maneja los hilos desde la sombra de algún despacho, en una explicación alternativa más verosímil que la oficial. ¿Cómo es posible que el país con mayor inversión en seguridad sufra la destrucción de un icono hegemónico? ¿Por qué se armó tanto escándalo en los medios con una enfermedad menos mortal que el sarampión? ¿Por qué no pensar que esos tres desconocidos bienintencionados venidos de Oriente en camello son realmente terroristas?