España, líbrame de tus casas museo

   No suelen gustarme las casas museo dedicadas a autores. Creo que su legado debe ser algo vivo y estos espacios suelen consagrarse a la momificación del anecdotario doméstico. Digo esto porque visité bastantes, tanto casas museo de pintores, como de arquitectos y compositores, aunque siempre las más curiosas me parecieron las consagradas a escritores. Quizá la musealización del hogar de un pintor esté justificada –o directamente de su taller, como en el caso de Cézanne en Aix-en-Provence–, ya que puede aportar otro enfoque de su obra con bocetos y croquis; pero de un escritor no lo está del todo. ¿De verdad resulta interesante la reconstrucción del retrete donde tal creador desbrozaba su dimensión más humana? Algunas casas museo son un buen ejemplo de cómo la fiebre inmobiliaria también ha infectado la cultura. La obsesión por consolidar la identidad de la Marca España a golpe de ladrillo nos hizo retroceder a una lógica cavernaria. Hemos vuelto a creer en una superstición propia del arte rupestre: pintar el ciervo para cazar al ciervo, o sea, construir la infraestructura para tener cultura. Da igual que esté hueca por dentro, lo importante es inaugurar algo una semana antes de las elecciones. Si no, ¿cómo se explica la construcción de auditorios en pueblos con menos habitantes que butacas en la platea? Pero dejemos los auditorios y volvamos a las casas museo. Centrémonos en las que están dedicadas a literatos. Entre las que pude visitar en España, salvaría tres: la de Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez en Moguer, por su homenaje compartido entre el ganador del Nobel y la traductora, profesora y lingüista catalana; la de Valente en Almería, porque su estructura la convierte de por sí en un paradigma de la poética valentiana con su escalera conectando el sótano con la terraza –las raíces con el cielo–; y la de Saramago en Lanzarote, conservada por Pilar del Río tal y como la dejó José cuando falleció. Al entrar en «A Casa», un olivo da la bienvenida desde el patio, un olivo traído en avión desde Portugal en una maceta entre las manos de Saramago. Plantar algo en una tierra ruda como la lanzaroteña era casi un acto de fe. Pero el olivo germinó. Saramago decía a propósito que su abuelo, un campesino analfabeto, el hombre más sabio que jamás conoció, abrazó llorando los árboles de su finca en Azinhaga el día de su muerte para despedirse de ellos. Y es que a veces el amor a una causa perdida da sus frutos, ya sea plantando un árbol o dedicando una vida a la literatura.