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Mi padre y Le Corbusier 
9/03/2016 - La Voz de Almería

   Cuando era niño mi padre no me llevaba al campo los domingos. Tampoco a la playa. Me llevaba a las obras donde trabajaba. Tras convencer al guarda de la obra de que sólo íbamos a echar un vistazo, aquellos edificios a medio hacer se convertían en esqueletos de alguna bestia prehistórica, en precipicios de hormigón a sortear o en escombreras donde saltar. Aunque ese juego fuera contra las normas de seguridad, era nuestro pequeño secreto. Mi padre comenzó los estudios de arquitectura, pero tuvo que conformarse con ser fontanero. No era fácil estudiar habiendo nacido en los años 40, hijo de un carpintero comunista y una actriz recluida a las labores domésticas. Mi padre soñaba con dibujar edificios, con levantarlos del papel hacia el cielo, soñaba con aquel «juego inteligente, correcto y magnífico de los volúmenes ensamblados bajo la luz», como lo definió Le Corbusier. Hubiese pagado por hacerlo, me confesó una vez. Pero le tocó ser fontanero.

   Le Corbusier nunca aceptó que los usuarios de sus edificios tuvieran un comportamiento impredecible. Fue el padre de un nuevo hombre a su imagen y semejanza, el Modulor, el deformado tataranieto del hombre de Vitruvio. Le Corbusier hizo del hormigón armado un material místico y quiso destruir la ciudad de París para volver a construirla, porque su París era mejor que París. Tuve suerte de tener un padre como el mío. Siempre respetó lo que quise ser de mayor (aunque cambiara con demasiada frecuencia). Tuve suerte de que no fuera uno de esos padres que entienden a sus hijos como una prolongación de ellos mismos, como la continuación del camino que emprendieron o como una segunda oportunidad a sus fracasos. Esos padres que anulan la personalidad de sus hijos. Padres avergonzados de sí mismos. Creo que sólo hay algo que me moleste más que esos padres que hablan a sus hijos con vocecilla de pitufo makinero: son los padres que usan esa vocecilla para hablar por sus hijos como si fueran ventrílocuos. 

   Tuve suerte de tener un padre que quisiera compartir conmigo el hombre que era fuera de casa. Así no me avergonzaba escribir en la casilla de «profesión del padre», en aquellas fichas a rellenar cada año a principio de curso, «fontanero». Un oficio tan digno como otro cualquiera. Era mi manera de respetar lo que mi padre eligió ser de mayor, como él también respetó que, en lugar de levantar edificios, eligiera dedicarme a las palabras.